viernes, octubre 13, 2006

Sergi López

Con motivo de El laberinto del fauno el año pasado volvía a España a rodar, algo que no hacía desde el año 2001.

En la pantalla grande se despoja de su carisma, pero el actor de 41 años lo sigue conservando una vez conocida su historia de amor con el cine. Quería ser futbolista pero cumplidos los 18 se encontró con el viejo oficio de actor. Se fue a París a estudiar y conoció a Manuel Poirier con quien ha hecho, hasta el momento, 7 películas. La primera fue Western, ‘road movie’ con dos marginados que entronca con la última, Caminos cruzados, versión francesa de Carreteras secundarias.

No es distante ni serio... Eso se comprueba en cuanto te diriges a él y te contesta con una amplia sonrisa en la boca. Viéndole en El cielo abierto, de Miguel Albaladejo, pasa por ser el amigo que quieres tener; aunque en otros títulos como Ataque verbal y Janis & John, utiliza la sonrisa y las palabras para engatusar y camelar. Ahora peca de sádico convertido en una especie de lobo feroz enfundado en un traje de militar. Le toca el rol de ogro en el cruel cuento de hadas de El laberinto del fauno.


Guillermo del Toro sedujo a Sergi López por su inteligencia y su capacidad de narrar. Le contó hace tres años su proyecto cuando era un boceto, pero no se habló más, sólo una cosa: el mexicano quería verle pero no haciendo de buena persona, sin atisbo del aprecio que se le coge hasta en las películas más duras. Como el capitán Vidal, franquista empedernido, no tiene nuestra simpatía moral aunque sí la cinematográfica-, ya que borda un terrorífico y malvado rol sólo comparable al odioso personaje de Sólo mía, donde da vida a un maltratador.

A la espera de entrar en un proyecto sobre el gángster que siempre quiso ser, su próximo trabajo le lleva a Niza, donde rueda Parc, otro thriller donde asegura divertirse tanto como haciendo los Negocios sucios que le encargó en 2002 Stephen Frears junto a Audrey Tautou. La película pasó desapercibida, no así su papel como inmigrante explotador de compatriotas que confirma ese lado oscuro que puede explotar, sin olvidar el punto tierno que deja entrever. Tiene pendiente el estreno en España de Les mots blues, donde da vida a un maestro de niños sordomudos. Con ella visitó la Berlinale, un festival al que en su día se acercó con Caricias y Morir (o no), sus trabajos a las órdenes de Ventura Pons.

Hace un año se enfrascó en la aventura teatral que le iba a permitir saldar las cuentas con su pasado sobre las tablas. Con Non solum se reencontraba con Jorge Picó y quienes le vieron destacan que en pantalla, el catalán de Vilanova i la Geltrú no da ni un cuarto de todo el torrente que es capaz de soltar. Aún así nos quedamos con títulos como Una relación privada y La curva de la felicidad, e incluso con algunos denostados como Lisboa (Antonio Hernández), Harry, un amigo que os quiere (Dominik Moll) por la que se alzó con un César francés, y Hombres felices (Roberto Santiago), cintas menores en las que resalta la labor de un intérprete de fama continental que sigue viviendo en su pueblo como si nada, junto a su mujer y sus tres hijos.

Texto escrito por
Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.

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